La Inmaculada Concepción

La fundadora de la Orden del Desagravio fue la Reverenda Madre María de la Navidad del Perpetuo Socorro, mínima franciscana (en el siglo: María Concepción Zúniga López). Nació en el pueblecito de Ocotlán, Jalisco, México, a espaldas del templo del Señor de la Misericordia, Patrono de dicho lugar, el día 8 de diciembre de 1914. Esta alma tan amada de Dios nació en verdad a los pies de Jesús Misericordioso y entre los brazos de María Inmaculada. Sus padres, Juan Zúñiga Hermosillo y Simona López tuvieron cinco hijos, pero sólo dos hijas sobrevivieron: la mayor llamada Esther y Conchita, a quien Dios la envió a este mundo con una inteligencia sobrenatural, sin sacarla de la vida ordinaria de todos los niños.

María Concepción o “Conchita” fue criada en una ambiente casi laico, pues la piedad estaba párvula en su madre y era nula en su padre, que ocupaba un alto puesto en el gobierno revolucionario cuya posición le calificaba como enemigo de la Iglesia.

Cuando Conchita pudo darse cuenta de que su papá disentía en la familia por la fe, era apenas una niña. Desde ese momento se interesó por alcanzar del cielo la gracia de su conversión. Desde su preparación al acto sublime de su Primera Comunión le hizo entrega total de su persona, pidiéndole que le concediera ser quien pagara por esa falta de fe de su padre: que la hiciera sufrir mucho, en todos los sentidos y toda la vida, pero que quería ver a su padre volver a la fe.

 

Nuestro Señor
de la Misericordia
 
     
 

Conchita a los 6 años

Estandarte Cristero

Don Juan Zuñiga Hermosillo
Padre de Conchita
 
     
 

Era por entonces un tiempo de persecución religiosa en México. Habían cesado los cultos en los templos, por lo cual Conchita ignoraba que existieran comunidades religiosas. Sin embargo, la clausura de cultos la enfervorizó más aún y fue cuando decidió entregarse toda a Dios. Pero el padre de Conchita era inflexible y nunca consentiría en que su hija entrara en la vida religiosa. Sin embargo, Dios la proveyó con un santo confesor, el Rev. Padre Salvador Morán que la guió con prudencia y a quien Conchita comunicó primero todo sobre la divina encomienda que había recibido. Él pensó en buscarle un claustro capuchino en donde ella pudiese ingresar, y le consiguió una entrevista secreta con el Delegado Apostólico, el Sr. Arzobispo D. Maximino Ruiz y Flores en una casa privada y a quien pudo confiar toda su alma. Asegurole él a Conchita y a la Comunidad donde ella ingresaría después, que su vocación era toda de Dios. Se decidió entonces que saldría de su casa sin permiso.

 

Sr. Arzobispo Mons.
D. Maximino Ruíz y Flores
 
 

Nuestra Madre Conchita
en aquella época
 

El día 2 de febrero de 1930, los padres de Conchita la dejaron sola en casa con su hermana y sin que ésta lo advirtiera, salió rápidamente sin ser vista y se dirigió a la casa de su vecina donde se postró a los pies de la imagen de la Virgen del Carmen entregándose por entero a Ella. Como nadie tenía que darse cuenta de su estadía en esa casa, fue preciso que se escondiese en un ropero, donde permaneció oculta por trece días sin poder hacer ruido alguno, a pesar del martirio corporal que le causó el arrancarse una soga que había llevado en la cintura por tres años como penitencia, prometiendo quitársela hasta verse en camino de realizar su vocación religiosa. Sólo por las noches el ama de la casa, ya avanzada la hora, llevaba a Conchita a una pieza a dormir, para luego encerrarla de nuevo en el ropero a hora temprana, y así evitar ser encontrada por los detectives que su padre había mandado en su busca.

Al fin llegó el día marcado por Dios, y Conchita fue trasladada a la Ciudad de México, donde fue encomendada a las religiosas del Buen Pastor hasta mayo del año de 1930 cuando fue recibida al Postulantado de las RR. MM. Capuchinas Sacramentarias de Tlalpan.

El padre director de la Comunidad, era el R. P. Félix de Jesús Rougier, fundador de los Misioneros del Espíritu Santo. Después de examinarla, asignó para ser su director espiritual al R. P. José Quijada, conocido por su especial don de discernir espíritus. Y fue por medio de su dirección que Dios comenzó a revelar al mundo, por medio de la joven postulante, la cosa más urgente y crucial que la Santa Madre Iglesia necesitaba para los años venideros: “La Obra del Desagravio” una Orden de víctimas a la Divina Justicia, apoyada por una legión de almas víctimas.

Esos mismos Superiores llevaron a Conchita a conocer al R. P. Carlos Mayer, Superior de la Compañía de Jesús para la provincia de México. Desde el momento que la conoció el R. P. Mayer, la adoptó como hija espiritual y permaneció como su director inmediato hasta el día de su muerte ocurrido 28 años más tarde en 1959.

Por medio de él Conchita fue a presentarse ante el Excmo. y Revdmo. Sr. Arzobispo Metropolitano: Mons. D. Pascual Díaz Barreto. Él dispuso que examinasen su espíritu y fue delegado para ello el Excmo. y Revdmo. Sr. Obispo D. Luis Benítez y Cabañas, visitador de Religiosas en México y Obispo de Tulancingo. Cuando terminó de hacerle el examen espiritual, le aseguró en nombre de Dios, que la Obra que ella iniciaba, sí era toda de Dios.

 

R.P. Félix de Jesús Rougier
 


Sr. Arzobispo Mons.
D. Pascual Díaz Barreto

R.P. Carlos Mayer
     

Nuestra Reverenda Madre Conchita de postulante con las Capuchinas
(la primera a la derecha)
     
 

Conchita estaba sin permiso de sus padres en el claustro, y así un día, inesperadamente, su señor padre vino a México y al Excmo. Sr. Arzobispo ¡le amenazó de cárcel si no le entregaba a su hija en 24 horas! Con permiso de su señor padre, antes de volver al hogar, Conchita hizo unos ejercicios espirituales. Fue entonces en que, por permisión superior, inició la redacción de las Constituciones de la Obra del Desagravio.

 
 

Familia Zúñiga López
 

Cuando volvió a la casa paterna los sufrimientos y dolores, las nostalgias y sacrificios que Nuestro Señor le pidió duraron casi doce años, entre los cuales fue burlada y humillada por su familia. Sufrió una enfermedad en las encías que le ocasionó dolores indecibles por largos años y la extracción de toda su dentadura, lo que ofreció como desagravio a la Divina Justicia. Con todo, ahí estaba el momento de merecer que ella reconocía ¡era su cruz!, y tenía que clavarse en ella si quería ser fiel a su Amado, crucificado también.

La conversión del alma de su padre fue para ella el mejor fruto de aquel cautiverio. Un día inesperadamente su padre sintió el toque de la gracia y quiso recordar la doctrina católica, y volviendo a la Fe, se humilló profundamente, se confesó y practicó la religión como buen católico y a los dos años de su conversión, ¡murió santamente!

 

Conchita de vuelta
a la casa paterna

Nuestra Madre a los 27 años de edad
 

Él había dejado expreso mandato de que su familia no detuviese más a su hija para servir a Dios que la llamaba irresistiblemente, a fundar su Obra del Desagravio. Pero Conchita tuvo que esperar, desde la muerte de su papá que fue en abril de 1940 hasta enero de 1942, en que por consejo del Excmo. Sr. D. Manuel Fulcheri y Pietrasanta de la diócesis de Zamora, Michoacán, ingresó en el colegio de las RR. MM. del Sagrado Corazón. El objeto era que radicara en la misma ciudad que el Prelado, para conferenciar personalmente con él acerca del proyecto de la Obra que le proponía.

Durante su postulantado en el Convento de las Capuchinas, Conchita redactó las Constituciones de la Orden, todas las cuales escribió de rodillas. El Sr. Fulcheri estuvo tres meses estudiando las peticiones de Nuestro Señor para la Obra, Constituciones y todo lo concerniente, tratando con la solicitante ya de 27 años de edad. Sucedió entonces que en menos de seis meses, tanto su madre como su hermana, los únicos miembros de la familia que le quedaban, habían muerto, dejándola heredera de los bienes materiales de la familia, que no eran cortos. Con ellos se compró la casa para el Desagravio, se construyó y se proveyó a todas las necesidades del culto divino, todo para la gloria de Dios.

 

Sr. Obispo Mons.
D. Manuel Fulcheri y Pietrasanta

El Convento de Zamora

El 24 de junio de ese año (1942) se dijo la primera Misa en la ceremonia de la recepción de las Mínimas Franciscanas del Perpetuo Socorro de María, en la primera casa del Desagravio.

   

La Capilla del Convento de Zamora
el 24 de junio de 1942
   

La primera comunidad de Zamora en 1946
 

Bien pronto la comunidad fue numerosa y el Sr. Obispo deseaba elevar a la Santa Sede preces pidiendo la aprobación para la Obra, pero sucedió que el Excmo. Sr. Fulcheri se enfermó gravemente y al punto mandó llamar a sus queridas hijas Mínimas. Nuestra Reverenda Madre Conchita acudió inmediatamente. El Excmo. Sr. lloraba y decía: “¡Nada me duele dejar sino a mi Seminario y a ustedes! Hija mía, las quiero yo, las quiere Dios; las bendigo yo, las bendice Dios.”

El Excmo. Sr. Fulcheri falleció antes de firmar las preces para Roma. Después de un año, se tuvo la recepción del Obispo sucesor del Excmo. Sr. Fulcheri, el Excmo. Sr. D. José G. Anaya y Díaz de Bonilla. Desde su llegada, este Prelado causó a las Mínimas gran desilusión y temor, ya que no estaba conforme con las Constituciones, ideales y finalidades de la Obra. El R. P. Mayer le aconsejó a Nuestra Reverenda Madre Conchita renunciar al cargo de Superiora y solicitar del Prelado elecciones para que se encargara alguna otra de la Comunidad.


Dios permitió una época
de dolorosa incomprensión

Al paso de aquella época penosa y dolorosa de incomprensión que Dios permitió, simultáneamente le mandó su Divina Majestad la cruz de enfermedades hepáticas y gastrointestinales muy graves que necesitaron tres intervenciones quirúrgicas, una de las cuales se ejecutó en el mismo convento, sin anestesia, dada la urgencia del caso.

¡Ah!, verdaderamente este Sr. Obispo había sido enviado para ser el azote de las Mínimas y de la Obra de Dios, pues cuando vio que Nuestra Madre Conchita insistía en querer dejar el cargo, llegó sorpresivamente una mañana, ordenó a la madre portera que reuniese a toda la Comunidad en la Capilla porque iba a hacer la elección de la nueva Superiora. Sin embargo, no hubo elección canónica. El Sr. Obispo nombró a una religiosa profesa de las más jóvenes.

La nueva Superiora y su Consejo comenzaron a cambiar puntos de Regla muy delicados. Nuestra Reverenda Madre Conchita no pudo callarse, y llamó a la nueva Superiora y la reconvino, invitándola a la vez a que fueran delante del Sr. Obispo a hacer aclaraciones. Pero él sin escuchar razones, no hizo sino culpar a Nuestra Madre con una violencia muy marcada delante de la nueva Superiora, diciéndole: “Hagan ustedes su elección, yo no quiero intervenir para nada, y desde luego informe a la Comunidad de parte mía, que cesa de inmediato el gobierno de la nueva Superiora y su Consejo,” la cual pidió la nulificación de sus votos y salir de la Comunidad, lo que le fue concedido. Cuando regresaron al convento, Nuestra Madre Conchita llamó a la Comunidad y les informó de las circunstancias en que estaban.

Las religiosas consejeras de la nueva Superiora dijeron que querían irse juntamente con su Superiora pero no podrían salirse de la Comunidad sin antes gestionar la dispensa de sus votos ante el Sr. Obispo. Ellas dijeron que necesitaban salir a la calle y lo arreglarían todo, por lo cual Nuestra Madre tuvo que dejarlas hacer su voluntad. Después de unos veinte minutos regresaron acompañadas del Sr. Obispo, el cual reunió a la Comunidad y en el colmo de la nerviosidad o ira, les dijo que todos los miembros de la Comunidad quedaban sin votos y sin permisos eclesiásticos, que Nuestra Madre debería avisar a las familias de cada hermana que viniesen por ellas, y además le hiciera un inventario y se lo hiciese saber, para venir a la casa y tomarle cuentas de todo lo que había y que no tenía permiso de tomar ni una paja, porque todo eran bienes de la Iglesia. Que si no le obedecían al pie de la letra, quedarían excomulgadas con excomunión reservada a la Santa Sede. Cuando una de las Madres preguntó al Sr. Obispo ¿cuál era la causa de tanta amenaza? él respondió, que por haber despedido a aquellas hermanas sin piedad ninguna y haber usurpado Nuestra Reverenda Madre el puesto de Superiora interinamente sin su permiso.

 

La nueva Superiora era profesa de las más jóvenes

Nuestra Reverenda Madre Conchita quiso hablar pero le dijo airado: “¡Cállese! ¿Con qué derecho habla usted?” y ella le respondió: “Con mis derechos de fundadora,” a lo que el Sr. Obispo le contestó agriamente: “No le reconozco ningunos derechos.” Y diciendo esto, indicó a las religiosas traidoras que le siguieran, saliendo todos. Esa misma noche Nuestra Madre salió para la Metrópoli a referir las cosas al Delegado Apostólico, para que él interviniese pacíficamente para el remedio de aquel grave suceso. Acompañada de dos Madres mayores, fueron recibidas ante el Delegado y refirió el caso escuetamente sin nombrar el lugar ni nombres. El Sr. Delegado, al escuchar lo referido, se sorprendió y dijo: “¿Cómo es posible tanta injusticia?” Pero al descubrirle el nombre del Prelado, cambió inexplicablemente su semblante, y le dijo que de pronto obedeciera la voz del Superior.

Nuestras Madres regresaron a Zamora, y pronto llegó un oficio diciéndoles que obedecieran, dejando cuanto antes el convento al Sr. Obispo diocesano. Nuestra Madre obedeció elaborando el inventario que el Obispo le había pedido, pero sucedió que después él mismo las dejó en absoluta libertad de tomar lo que fueran muebles e inmuebles de la Obra del Desagravio. Así que después de poner en venta la casa, vender algunas cosas de gran valor y de dar permiso a las hermanas que se tenían que ir con sus padres de llevarse lo que quisieran, tuvo Nuestra Madre un arranque muy franciscano y abrió la puerta a los pobres para que pasasen y se llevasen lo que quisieren. Cuando por fin salieron de Zamora, un sacerdote de aquella ciudad les aconsejó que no se fuesen sin ir a despedirse del Excmo. Sr. Obispo Diocesano y que se humillaran, pidiéndole perdón. Así lo hicieron sin tener motivo para ello.

 
Sr. Obispo Mons.
D. José G. Anaya y Díaz de Bonilla
 

Nuestra Madre Conchita
con su fiel compañera
Sor Ma. de la Inmaculada.
 

A partir de esta fecha Nuestra Madre Conchita con una de sus compañeras que no quiso separarse de ella, se instalaron en la Ciudad de México buscando la paz de Dios y el conocimiento del camino que les deparaba la Providencia. La espera en el mundo fue desde mayo de 1952 hasta enero de 1964. Todo este tiempo cambiaron catorce veces de domicilio, rodando por la ciudad. En 1957 Nuestra Reverenda Madre creyó que había ya sobrepasado el cáliz de desventuras y sufrimientos y viniendo una noche a su mente los recuerdos de su vida religiosa de otros años, y haciendo comparación con las vicisitudes que ahora estaban afrontando, subió la llama del recuerdo y del dolor a su alma y no pudiendo contenerse, escribió una carta al Sr. Obispo Anaya de Zamora, donde le decía más o menos, de la cuenta que tendría que dar a Dios un día acerca del destino roto de las almas que habían sido congregadas en el convento del Desagravio. Hízole también unos versos que dicen así:

Príncipe de la Iglesia: ¡te respeto!
Autoridad sagrada... ¡te venero!
Hombre injusto...yo te reto...
Y en juicio ante Dios...ahí te espero.

Obediente a tu voz yo fui sujeta,
Y dejé que tu mano destruyera...
La Obra misma de Dios...y fuime quieta,
Callando la queja de mi herida fiera.

Han pasado los años y hoy te brindo
La ocasión de rehacer aquellos yerros.
Por la gloria de Dios mi alma rindo,
Como saben rendirse los guerreros.

Con nobleza te muestro mis heridas,
Con franqueza te hablo de tus fallas.
Mas, si tú del deber santo te olvidas,
¡¡¡allá delante de Dios, tú te las hayas!!!

Tú eres la autoridad, yo soy la nada.
Tú eres el responsable: Dios te ayude.
Yo soy la voz en la hondonada,
Que ha de extinguirse como nube.

El envío de éste y otros versos quiso Dios que movieran el corazón del Sr. Obispo Anaya, el cual le contestó a Nuestra Reverenda Madre con mucha humildad y externándole lo que le habían impresionado sus dolorosas notas poéticas. Por aquel entonces, el Prosecretario de Religiosas la ayudaba con sus consejos y oraciones, exhortándola a no desmayar y seguir adelante en la búsqueda de la segunda Fundación del Desagravio, y él le señaló el trámite canónico que tenía que ser llevado a la Santa Sede. Por lo cual, como lo sucedido había sido como a salto de mata, este asunto debería ser llevado a la Santa Sede directamente y que debería ser el mismo Excmo. Sr. Anaya quien lo llevase.

Escribieron al Excmo. Sr. Anaya y él no sólo les respondió que sí llevaría él esta encomienda, pero que si Nuestra Madre Conchita quería ir a Roma también, él le ayudaría para los gastos. Sucedía esto como a principios del año de 1963. Efectivamente, Nuestra Madre pudo, gracias a Dios, realizar su viaje a Roma en septiembre de 1963, y no sólo hacer las debidas gestiones para que la Obra volviera a rehacerse, sino entregar en manos del mismo Santo Padre Paulo VI un libro con la historia de la Obra, obteniendo de la Sagrada Congregación de Religiosos la debida licencia para iniciar de nuevo la Obra. También fue entonces cuando el Prelado y buen pastor: el Excmo. Sr. Obispo Fidel de Santa María Cortés Pérez, aceptó la nueva fundación en su diócesis de Chilapa, Guerrero, donde, en efecto, la Obra volvió a “resucitar” el 26 de enero de 1964... “a los pies del Vicario de Cristo en Roma.”

 

Nuestra Madre Conchita en Roma.

Sr. Obispo Mons. D. Fidel de Santa María Cortés Pérez.
 

Más tarde en este mismo año de 1964, las Mínimas se trasladaron al pueblo de Chilpancingo, Guerrero, donde ejercieron su apostolado en favor de la juventud femenina hasta 1967. En junio de ese año se celebraron las Bodas de Plata de la Obra y de su largo y arduo vía crucis. Por motivos dispuestos por la Divina Providencia, las Mínimas tuvieron que abandonar la casa de Chilpancingo, y estando bien enteradas de que la tercera fundación de la Orden debería hacerse en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, se compró, con lo que fue la herencia de una de las Madres, un terreno cerca del Santuario en la Ciudad de México.

El 28 de noviembre de 1967 llegaron las 9 fundadoras a lo que es hoy llamado “El Vergel.” Nuestra Madre, siempre con actividad y amor maternal, trabajó hasta sus últimos días por ver terminado el convento y el Templo del Desagravio. El templo, sí lo alcanzó a ver casi terminado, y una parte del convento. Sus desvelos no fueron en vano. Ella nos amó como lo sabe hacer una verdadera madre, y Dios no dejó de bendecir su celo por el bien de nuestras almas y de todas las almas del mundo entero. Todos eran sus hijos...

El Vergel está impregnado de los recuerdos de Nuestra Reverenda Madre Conchita, de sus palabras y sus aspiraciones, no sólo para quienes la conocimos y compartimos con ella sus últimos combates: los postreros detalles que embellecieron la corona de su recompensa eterna... sino también para todas aquellas almas que escuchando la divina invitación, han venido una tras otra a buscar a Dios y el cumplimiento de su voluntad en esta Casa del Desagravio, por medio de la doctrina del victimado a la Justicia Divina.

Nuestra Madre Conchita fue siempre un alma llena de sencillez en medio del cumplimiento de esa encomienda divina de la cual no apartaba nunca su visión sobrenatural de la vida, de los acontecimientos y de la cruz a la que Nuestro Señor la tenía completamente unida. Ella sabía que llevando gustosa sus dolorosas enfermedades, sus penas morales que formaron toda una cadena de persecuciones, que toda alma privilegiada debe atravesar a semejanza de su Modelo, ofrecía la mejor penitencia y sacrificio del corazón, y que con ello suplía la gran necesidad de expiación que hay en el mundo y en las almas.

 

Las nueve fundadoras
de "El Vergel"
 
 

En ella no había queja de sus males ni de ninguna otra incomodidad.
Celda de Nuestra Reverenda Madre Conchita convertida en oratorio.
 

Me consume el anhelo de trabajar por Dios, servir a Dios, rescatar almas, poblar el cielo de almas, que ninguno de los elegidos se pierda.” Y en verdad que no dejaba escapar momento ni ocasión en hacer todo el bien posible para demostrar con sus hechos lo que con tan ardientes palabras manifestaba.

 

Nuestra Madre poco antes de su muerte
     

Algo de ese ardiente amor al camino de crucifixión por el que fue llevada nos lo dejó plasmado en estas palabras que nosotras recogimos con veneración y profunda admiración:“Quisiera tener mil vidas para ofrendarlas a la Justicia Divina; quisiera todos los martirios para sufrirlos en desagravio de los pecados. Siento al mismo tiempo una ternura maternal por las almas, por los elegidos de Dios que se portan mal, seducidos por sus pasiones. Mi alma sufre por ver al mundo que se pierde, sufre por ver sufrir a Jesús, sufre por ser ella tan poquísima cosa para valer algo en favor del mundo y desagravio de Dios. Me consumo de ansias de dar a Jesús lo que le niegan otras almas: el consuelo, las caricias, la vida toda, todo el corazón, el alma y todo el ser.”

Las crisis y agonías que le hacían padecer sus enfermedades y sus penas, las ofrecía para ganar almas, por la Santa Iglesia y por la Obra, acatando su voluntad siempre a lo que Dios le enviaba. ¡Qué ejemplo de santidad nos dejó en los últimos momentos de su vida! En ella no había queja de sus males ni de ninguna otra incomodidad. Cuando le preguntábamos, si ya no le dolían sus piernas, pues fue ese el dolor que más la atormentó en sus últimos años, sus respuestas eran pacientes, y nos decía: “Dios sabe lo que sufro; no quiero quejarme, porque el alma víctima debe, para agradar a su Dios, sufrir con amor... y amar con dolor.”

Una de sus últimas palabras fueron el 21 de septiembre de 1979: “Por lo tanto, quiero lo que Él quiere, y si quiere que sufra, sufriré hasta que se cumpla el anhelo de mi alma: salir de la cárcel de este cuerpo y volar con Jesús para siempre.”

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El día 15 de octubre de 1979 llegó el día anhelado por ella y expiró como las almas elegidas de Dios en apacible sueño a la edad de 64 años. Tanto había sido el deseo de morir de Nuestra Madre durante largos años, en que esperaba la vuelta del Esposo para irse con Él, que nos dejó preparada su esquela, la cual decía así:

Nuestra Madre Conchita fue un modelo de alma víctima, y como ella misma dejó escrito en la doctrina del victimado, supo llenar esta condición porque un alma ofrecida a la Divina Justicia: “debe amar, sufrir y callar.”

¡Sea para gloria de Dios!

 
 
 
 
 
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